La presente Exposición recorre la obra del arquitecto Miguel López González, figura clave en la configuración de la ciudad de Alicante y otras de la provincia durante el siglo XX. Su obra se sintetiza en veintiséis obras que se despliegan cronológicamente ordenadas en cuatro periodos.
1932-1946: Recepción de las vanguardias europeas
Miguel López González finaliza sus estudios en la Escuela de Arquitectura de Barcelona en 1931, coincidiendo con Sert y Torres Clavé, y siendo socio del GATCPAC. Se desplaza a Alicante fijando su residencia al ser nombrado Arquitecto Auxiliar del Ayuntamiento. Su credo arquitectónico lo podemos resumir en sus propias palabras de 1935: “Hoy, en el siglo del maquinismo, cada objeto nuevo es la expresión inmediata del progreso; cada parte y cada elemento son exactamente adaptados a un fin y todo lo inútil es despreciado. Las formas primarias obran sobre nuestros sentidos directamente. Las masas, la luz, el plano, el espacio, son los únicos que entran en juego”. En estas palabras despuntan los conceptos de desornamentación y funcionalidad, y resuena la definición de arquitectura hecha por Le Corbusier en 1923. En este periodo Miguel López es el autor de numerosas obras que, como La Adriática, el Instituto Provincial de Higiene y el sanatorio del Perpetuo Socorro, introducen la arquitectura de vanguardia en Alicante.
1939-1955: Autarquía y repliegue historicista
La instauración de la Dictadura trajo muchos cambios, drásticos en lo cultural y arquitectónico, a los que López se plegó, adoptando los historicismos que manejó con habilidad; tiempo de posguerra propio para monumentos a los héroes, proyectados por el arquitecto controlando las formas y conteniendo sus mensajes simbólicos mediante volúmenes elementales. Esta actitud de resistencia intelectual duró hasta 1942, año en que fue represaliado y obligado a abandonar la Oficina Municipal hasta 1948. En estos años participó en el concurso de “Ordenación y Reforma de la Plaza del Dieciocho de Julio, en Alicante” (1944-1945), su obra más representativa de este periodo, realizada en colaboración con el arquitecto madrileño Manuel Muñoz Monasterio. Las imágenes de este proyecto, así como de los edificios residenciales de estos años se revisten de un austero academicismo que presenta influencias de la arquitectura madrileña tras realizar diversos encargos en la capital.
1950-1959: Apertura a las corrientes internacionales
A partir de 1950 la economía española sufrió un impulso por la admisión del país en diversos foros internacionales. Esta apertura también lo fue en lo cultural, normalizando la llegada de las revistas extranjeras y, con ellas, un renovado repertorio exclusivamente moderno. Estas transformaciones tendrían su primer reflejo en las ciudades que atrajeron a mano de obra que se alojó en los bloques de viviendas; buen ejemplo es el antiguo barrio José Antonio. En el otro extremo estarían los edificios burgueses que sobre elevaron los tejidos históricos, como el Valero en la plaza de Calvo Sotelo. Aunque, quizás, el mejor exponente del cambio de ciclo es el gran complejo industrial del Aluminio Ibérico, cuya escala y dimensiones lo explicitan. También es una época en la que la ciudad comienza a equiparse con el parque de bomberos y con algunos centros docentes de carácter privado, como el colegio Inmaculada Jesuitas, o a mejorar la calidad de sus espacios urbanos como el de La Explanada.
1957-1976: Consolidación de la arquitectura moderna
En 1957 López defendía “la tendencia a una nueva estética, ligera, esbelta y de sencilla elegancia, basada en el material y la estructura, manteniendo en juego las masas, la luz, el plano y el espacio”, palabras donde resuenan sus pensamientos de los años 30. Esta larga década coincide con el llamado ‘Milagro económico’, donde las obras son más ambiciosas en programas, dimensiones y tecnologías. El repertorio de López se refuerza con dos tipos modernos: el pabellón y el rascacielos, presentes en el proyecto para la FICIA de Elda, recinto ferial desafortunadamente desparecido. También se izó el primer rascacielos de Alicante: el hotel Gran Sol, ejercicio especulativo, pero también de audacia técnica, no exento de polémicas. Son años en el que se incrementa la oferta de complejos docentes de carácter religioso, como la Casa Sacerdotal-Seminario en Alicante, el Juniorado Marista en Guardamar o el colegio Sagrada Familia en Elda.
Pero esta exposición, además de reconocer y valorar la obra de Miguel López González, plantea otros dos objetivos transversales que están latentes en cada uno de sus paneles. En primer lugar, supone un agradecimiento y reconocimiento al papel de los diferentes archivos (principalmente públicos, pero también privados), que nos han acompañado en muestras continuas investigaciones sobre la arquitectura moderna de Alicante en general y sobre la obra de este arquitecto en particular, que se remontan a casi cuarenta años atrás.
En segundo lugar, esta muestra, a partir de la profundización en veintiséis obras del arquitecto que se documentan suficientemente para entenderlas y valorarlas con precisión, pretende ser un alegato en defensa de la arquitectura moderna del tercio central del siglo XX que, pese a sus indudables valores patrimoniales, se encuentra casi totalmente desprotegida por los catálogos municipales. La educación patrimonial que pueda tener la sociedad y la consiguiente concienciación que pueda adquirir de esos valores (que son los que esta exposición pretende evidenciar) son, ante la ausencia de normativas de protección, la única arma con la que esta arquitectura puede defenderse frente su continuo deterioro y su posible desaparición.
Justo Oliva Meyer, Andrés Martínez-Medina y Mercedes Carbonell Segarra
Comisarios de la exposición
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